José Darío Guajardo, Walter Alfredo Guzmán y Enrique del Valle Zapata
están imputados por un robo a la familia y asesinato de Emiliano Celis en Rufino. Sufrieron apremios, pero la
Cámara de Venado Tuerto no los tomó en cuenta. Sus abogados denuncian
gravedad institucional.
Otro juicio abreviado, el segundo que cae en la provincia de Santa
Fe, se corresponde con un expediente en el que existen denuncias por
violencia y aberrantes torturas físicas y psicológicas a manos de
personal policial, cuestionamientos de la defensa de tres imputados en
la instrucción de la causa judicial abierta por robo calificado y la
muerte de un joven policía en Rufino, en el sur provincial; rechazo del
proceso de juicio abreviado en primera instancia y en la Cámara de
Apelaciones en lo Penal de Venado Tuerto, un tribunal que a la vez fue
recusado por defensores y fiscales que habían llegado al acuerdo;
presentación de recursos de inconstitucionalidad y de queja, justamente
por la intervención de la misma Cámara cuestionada porque ya había
emitido opiniones sobre el caso; pedido de los imputados para que el
expediente saliera de la jurisdicción judicial del sur de Santa Fe y sea
radicada en Rosario, con el fin de que exista un tribunal y un juicio
justo, al tiempo que los imputados solicitaron la intervención de la
Corte Suprema de Justicia de Santa Fe por la existencia de lo que se
califica como "gravedad institucional": se considera que no hay tribunal
que pueda intervenir y fallar en un marco de legalidad.
La enumeración realizada arriba y la información siguientes son parte
del que aparece como un enmarañado proceso, oscuro y muy lejano de la
imparcialidad y las garantías imprescindibles. Algo más: la misma Cámara
cuestionada fijó la realización del juicio oral que comenzará el
próximo 12 de marzo en la ciudad de Rufino, donde empezó la negra
historia y el sentido común indica que es casi como sentarse en un
polvorín si se tienen en cuenta algunos de los datos siguientes y se
buscan respuestas a la pregunta ¿qué hicieron policías, hombres y
mujeres, juez de instrucción, defensor público, y de allí hacia arriba y
hacia sus pares cuando tuvieron delante suyo a hombres torturados con
los peores métodos de la maldita policía de la dictadura y ni siquiera
se ordenó la autopsia del joven muerto, Emiliano Célis, integrante de la
fuerza e hijo de otro hombre de la misma, el jefe de la zona Teófilo
Carlos Célis?
José Darío Guajardo, Walter Alfredo Guzmán y Enrique del Valle Zapata
son los tres imputados a quienes se les atribuye ser autores de un robo
en la vivienda del matrimonio Spada, en Rufino. En la persecución
policial que se dio según señalaron los medios en aquel momento -8 de
marzo de 2010-, se detuvo a Zapata cerca de un playón deportivo, y luego
se produjo un enfrentamiento en el que murió un policía, Emiliano
Célis, el cargo mayor del que está imputado Walter Alfredo Guzmán.
Rosario/12 habló con Zapata en la cárcel de Piñero donde está detenido
con prisión preventiva desde hace dos años. Enrique del Valle Zapata
tiene 42 años, estatura media y un aspecto cuidado. Llegó esposado hasta
el espacio destinado a la entrevista. Debajo de su brazo, la Biblia,
como en una gran parte de la población carcelaria. Es delegado de su
pabellón, el 6, para el Servicio Penitenciario, aunque él explica que
está a cargo de esa población de internos "para llevar la palabra del
Señor".
Mientras le quitan las esposas, dos aspectos llaman la atención de
esta cronista: justamente su imagen cuidada después de tantas y feroces
torturas, tal como describió ante la Justicia, y el antiquísimo libro
que tanta difusión tiene en los sitios de detención y que le fue llevado
por sus familiares. Zapata habla pausado, sin sobresaltos: su abogado
está presente. No es posible un relato muy rápido de lo sucedido desde
que fue detenido en Rufino, cuando un impacto de bala de goma dio en su
espalda y cayó "casi sin poder respirar... Me toqué el pecho creyendo
que el disparo me había atravesado, mientras por la parte derecha veía
sombras y sentía patadas en la cara, en la frente. Me pegaban con los
talones de los borcegos en el rostro, me daban culatazos de Itaka, y
creo que rompieron una linterna en mi cabeza. Luego me llevaron hasta la
parte trasera del auto donde siguieron pegándome, con armas y
borcegos".
Zapata dice que escuchó muchos disparos y vio a una mujer vestida de
civil de cabello lacio y camisa blanca que lo castigaba hasta que lo
llevaron a la comisaría 3ª de Rufino, cuando en realidad él creyó que lo
trasladaban a algún sitio para fusilarlo. Sin embargo, no fue así. "En
la seccional policial la tortura y los golpes fueron terribles. Me
pusieron la mano derecha arriba de la mesa y me pegaron culatazos, por
eso tengo los dedos quebrados", dice mientras muestra la inmovilidad del
dedo anular y huesos que sobresalen de su lugar al menor movimiento.
"Cuando llegó una mujer corpulenta gritando que Célis había muerto, se
peleaban entre ellos para pegarme, aunque veían que ya no podía más. Me
sacaron toda la ropa y ella me arrancó la remera, la retorció en el aire
y me la ató en el cuello para ahorcarme. Descompuesto, defeco y orino.
Casi no puedo ver, diviso sólo una lucecita. Supongo que deben haber
creído que estaba muerto porque me tiraron en la parte de atrás de una
camioneta y me taparon con un nylon, pero tuve una bocanada de sangre y
me moví. Alguien gritó que estaba vivo y un superior, creo que comisario
por lo poco que podía escuchar, dijo que me lleven a Melincué porque
llegaría el 'jefe' y entonces sí terminaría muerto". En la denuncia que
Zapata hizo y que forma parte de una causa que lleva adelante la jueza
en lo Penal de Instrucción y Correccional de Rufino, Andrea Fernández
-con las denuncias de Guajardo y de Guzmán-, narró que cuando llegó a
Melincué y dijeron que lo llevaban "por el caso Célis" siguieron los
golpes y patadas. "Ya tenía las costillas quebradas cuando me
practicaron 'el barquito' -dice Zapata mientras intenta explicar una
postura que al parecer no se haría por propia voluntad-, con la persona
esposado en los tobillos y luego de manos por detrás de la espalda,
hasta llegar a la parte posterior de la rodilla. Ya en Melincué le
echaron pimienta en los ojos y lo metieron en la ducha con "agua
hirviendo" para que se lavara y, a la vez, dolieran las heridas. "Era
tanto que quienes estaban presos en esa cárcel, esa noche golpeaban los
barrotes gritando que ya no me pegaran más".
El camino a Piñero
Detallar la llegada de Zapata a Piñero resulta difícil, pero vale el
punteo de algunas situaciones: frente al ex juez Omar Guerra en Firmat
quiso declarar, lo pidió varias veces y el defensor Arturo Aréa dijo que
no, que no estaba en condiciones y que presentaría un hábeas corpus,
algo que nunca hizo. El médico forense que recién allí lo vio le cosió
la frente sin anestesia; estuvo casi 10 días sin tomar líquido, hasta
que le tiraron una botella con agua y con su tapa enroscada al piso.
Seguía esposado de manos y pies, siempre según su relato, hasta que
tirado en el piso puso la botella entre sus rodillas y abrió la tapa con
los dientes. Pudo tomar agua pero no alcanzar la comida que le ponían
sobre el segundo camastro de material en un calabozo, en Firmat.
De
todos modos, el relato de Zapata -que no deja afuera a Guajardo ni a
Guzmán, cuyos extractos de denuncias por torturas publicó este diario el
27 de noviembre pasado-, es más duro cuando recuerda que la Cámara de
Venado Tuerto no le permitió ir al velatorio de su madre, ocho meses
atrás, ni al de su hermana hace poco más de una semana.
"Soy de Córdoba, de Malvinas Argentinas, vivíamos en el campo. Mi
padre era cortador de ladrillos, no había estudiado y vivió siempre
analfabeto. Mi madre era una bellísima persona, hubiera querido
despedirla. Quién puede decirme por qué no me dejaron verla, y también a
mi hermana. Yo soy el supuesto autor de un delito y fui a cinco
reconocimientos que dieron negativos, porque me tiraron encima todas las
causas que había en la zona y que no tenían culpables, pero una a una
fueron cayendo".
José Darío Guajardo no pudo ser entrevistado porque no se había
solicitado el permiso a la Cámara. Este hombre de 34 años se pregunta
¿por qué estoy aquí?, ya que él está en Piñero porque vivía en Rufino y
es señalado como quien marcó el domicilio de los Spada que fue robado.
Como Zapata -que en un proceso anterior, en Córdoba, termino la
escolaridad primaria, la secundaria y empezó a estudiar abogacía-,
Guajardo pide un Tribunal imparcial y un proceso que no esté viciado de
nulidad.
Fuente: Rosario 12
